| |

Del fin de la historia al momento inicial

Marco Antonio Cerdio Roussell
Escritor y académico. Colaborador en diversos medios.

Hagamos un poco de memoria. A principios de la década de los noventa el discurso político hegemónico alertaba sobre la existencia de opciones “antisistémicas” que ponían en riesgo la democracia representativa y el libre mercado. Opciones como Luis Ignacio “Lula” Da Silva en Brasil o Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en México, eran descartadas a priori como manifestaciones de resistencias atávicas a los cambios globales, mismas que se impondrían de manera irrestricta y dejarían como posible fuente de preocupación, a lo mucho, la tendencia de los estados nacionales a fragmentarse en los colectivos e identidades que le constituían. En este panorama, no había más ruta que la marcada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, misma que lograba su expresión más prístina en los textos de Francis Fukuyama y su fin de la historia. El correlato de este fin de la historia era una exaltación de la competencia y el consumo de élite como expresión del único triunfo posible. El modelo no se preocupaba por aclarar que sucedía con los excluidos y perdedores en virtud de que la responsabilidad de su fracaso era solo suya y de nadie más. Lo social quedaba diluido en medio de la fuerza apabullante del mercado sin restricciones.

En medio de esta tendencia, la vocación del estado nacional y del componente gubernamental del mismo resultaban profundamente cuestionados. Desde 1993 la idea de que al final de un proceso más o menos largo la integración comercial y económica a los Estados Unidos de América daría como resultado un bloque norteamericano “prospero y pujante” dejaba de lado las profundas asimetrías entre las sociedades que habían hermanado su destino sin necesidad de los tratados complementarios que caracterizaban la vía de integración europea previa a Maastrich. Al mismo tiempo en las tres sociedades era cosa de discutirse que tan conscientes estaban de los costos sociales e identitarios las poblaciones que habían cedido a sus élites la celebración del tratado. Ni el bipartidismo estadounidense ni el sistema presidencialista mexicano se caracterizan por involucrar a sus sociedades en la discusión de su política exterior y comercial. Lo que para Estados Unidos y Canadá se convirtió en una herramienta más de su política económica, para México se convirtió en su única apuesta al desarrollo sin equidad. Un cuarto actor en tanto sacaba provecho del acuerdo: el gobierno de la República Popular China comenzaba a convertir el territorio mexicano en una plataforma para incidir en el mercado estadounidense con una eficacia tan brutal que los déficits con la nación asiática nunca dejaron de crecer tanto en México como en Estados Unidos.

De repente, aquí y allá, las rupturas del guion previsto comenzaron a manifestarse. Si la invasión de Kuwait fue un primer signo de que el mundo postguerra fría no sería en absoluto pacífico, eventos como el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela y el posterior rechazo del ALCA al inicio del nuevo milenio marcaban la posibilidad de rebeliones triunfantes que luego enfrentaban un entorno global adverso. Sin embargo, el verdadero riesgo no vendría de gobiernos situados en las márgenes del sistema, ya fuera en el Caribe o Medio Oriente. Al festejo del triunfo cultural siguió la expansión militar. Tras la supremacía lograda en los Balcanes, la irrupción de un terrorismo de nuevo cuño, si fundado en extremismos religiosos, pero capaz de hablar varios idiomas y pasar desapercibido en las metrópolis, obligaron al gobierno estadounidense a enzarzarse en conflictos que aún duran. Irak (1991 y luego 2003) Afganistán (2001) marcaron el inicio de la máxima expansión militar postguerra fría y el arribo de un enfoque utilitario a las intervenciones multilaterales. En paralelo, el circuito económico y financiero continuaba funcionando: Estados Unidos deslocalizando su industria, pero recibiendo flujos financieros del resto del globo; China creciendo varios dígitos al año exportando manufacturas baratas a Estados Unidos y al resto del mundo; Europa tratando de integrarse al tiempo que perdía relevancia sin dejar de ser un paradigma de integración. Al final el edificio se resquebrajaría desde su corazón mismo. La crisis del 2008 marca el inicio de tendencias que hoy marcan el día a día. Sin la quiebra de Lehman Brothers ni Barack Obama ni el partido del té serán posibles. Sin la apuesta por la ortodoxia monetaria como resultado de la crisis, ni el gobierno de Syriza y el posterior sacrificio reiterado de Grecia serían posibles; sin la articulación de la crisis económica y la intervención militar con pretextos humanitarios, las rebeliones populares de la Primavera Árabe no hubieran tenido el impacto que alcanzaron ni el conflicto sirio hubiera enlazado con la crónica crisis iraquí generando el flujo de refugiados que remeció a Europa hace más de un lustro. Justamente fue esa crisis económica y una posterior crisis de confianza en el evangelio del capital financiero lo que puso al mundo en donde está hoy: una Unión Europea sin Gran Bretaña, una Rusia garante de los equilibrios militares en Medio Oriente, una China defensora del libre comercio y unos Estados Unidos proteccionistas con Trump.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador sólo es posible porque la apuesta estratégica de Carlos Salinas, el Libre Comercio y la integración de Norteamérica, es puesta en cuestión desde el mismo Estados Unidos. Ante el desgarramiento interno producto de la guerra contra el narco y los costos sociales de una reconversión salvaje al comercio exterior, México enfrenta unos Estados Unidos volcados a rescatar su identidad cultural más allá de Donald Trump. Ni China ni México y sus flujos financieros parecen ser importantes frente a un estado que busca aferrarse a una idea de sí que busca volver a los orígenes y tratar de mantener su hegemonía sin pagar los costos multilaterales y de todo tipo que esto origina. La postura ante el Acuerdo de París lo ejemplifica: aumentar la exportación de hidrocarburos y tecnología contaminante bien vale perder unas cuantas naciones de Oceanía. En silencio, sobre los restos humeantes del periodo anterior, Estados Unidos se vuelca a recuperar su bienestar al costo que sea y la integración con sus socios norteamericanos se revela como una conjura más contra su identidad, contra su alma. El aislacionismo estadounidense vuelve por sus fueros.

Ante esto, la propuesta de López Obrador no resulta ya en absoluto “antisistémica”. Bolsonaro, Orban, la misma Theresa May y Trump son mucho más postneoliberales que él mismo. Todos los actores internacionales relevantes replantean sus apuestas. Frente a este cambio inesperado, el obradorismo es el único actor interno que mantuvo un horizonte abierto y no hipotecó su destino al triunfo de Clinton en la última elección presidencial estadounidense. Lo que sigue será necesariamente incierto. La crisis de 2008 lo que marcó fue el fin de un momento del proceso de globalización. En cierta forma, el saber que nada está escrito resulta liberador frente al último discurso teleológico en boga: precisamente el de la globalización neoliberal. Nuevos actores, fenómenos y movimientos comenzarán a irrumpir en el escenario nacional. Menciono uno: las caravanas migrantes. Apenas comenzamos. Más que una vuelta al pasado, estamos ante el espectáculo de un castillo de naipes que se desmorona y finalmente nos alcanza. Momentos de incertidumbre, momentos de libertad: lo verdaderamente interesante se hará a nivel de las colectividades y el territorio; la sociedad civil que se explayó en las urnas -pero no se circunscribe a éstas e incluso no se siente cómoda con el entramado institucional que hereda- es la verdaderafuerza a seguir. Su tiempo apenas comienza. El tiempo de la incertidumbre, opuesto al tiempo cerrado y tenso de la teoría de la conspiración. Con todo, un buen tiempo para ser vivido (como de hecho, cualquier otro tiempo).

Deja un comentario