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#Andanzas: El laberinto de la popularidad, o la doble traición al pueblo

El presidente Andrés Manuel López Obrador está encerrado en su propio laberinto, cumplirle al pueblo o fallarle y usar la razón en muchos temas prioritarios para el país. Lo resumió de manera muy económica Carlos Urzúa, ex secretario de Hacienda, con su carta de renuncia publicada el pasado 9 de julio: “Estoy convencido de que la política económica debe realizarse con base en evidencia, cuidando los diversos efectos que esta pueda tener y libre de todo extremismo, sea este de derecha o izquierda. Sin embargo, durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco”. Moverse entre el terreno escabroso de la ideología y la eficiencia es complicado.

Pero, ¿cómo no nos puede fallar? Si comprometer el gobierno de las decisiones simbólicas, esas que alguna vez fueron promesas y lo llevaron a despachar desde palacio nacional, es a la vez una traición a la prosperidad que nos prometió su gobierno, pues no hay dinero que alcance para construir refinerías y dar becas indiscriminadamente; prosperidad que nos fue negada por el neoliberalismo. Arriesgar la popularidad, y hasta la legitimidad basada en la confianza depositada, en aras de la racionalidad de una gerencia pública responsable.  Un cruce en el laberinto de la popularidad. 

¿Qué idea es superior? ¿La de hacer un gobierno responsable y servil al pueblo o la de cancelar un aeropuerto por un tema más político que de eficiencia en las finanzas públicas? Vaya dilema. Comprometer la campaña de doce años ininterrumpidos o salvaguardar la integridad financiera del país, pues las múltiples alertas de decrecimiento en el empleo formal y la baja en la expectativa de crecimiento son una señal de alerta. Comprometer un lugar en la historia basado en la popularidad a cambio de la sensatez. Una encrucijada más del laberinto.

Las desventajas de tener un presidente que sí sabe de historia de México como Andrés Manuel López Obrador es que, en primera, sabe que la historia se crea a partir del legado heredado y este se visibiliza con símbolos, además de que  espera que esa popularidad que tuvo en su gobierno Lázaro Cárdenas del Río, gobernante al que admira, se dé por decisiones simbólicas como lo fue la expropiación petrolera o el mandar al exilio a Plutarco Elías Calles. Lo que no sabe el presidente, o prefiere olvidar, es que decisiones de ese calibre atienden a un tiempo histórico que lo permite, como lo fue el inicio de la segunda guerra mundial. Replicar la fórmula resulta peligroso.  Es ignorar la realidad, es ignorar su tiempo y espacio.

Sin embargo,  ya lo han hecho topar con la realidad muchas veces, hay una cantidad específica de recursos para suplir una cantidad infinita de necesidades. Economía básica. Si se ha demostrado en múltiples ocasiones que decisiones como la cancelación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) no son las mejores, es más, en particular con este inmueble sale más caro cancelarlo que continuar con el proyecto. Pero no olvidemos que es un símbolo del régimen, y él debe acabar con todo lo que fue un símbolo en el pasado para crear los propios. Parte de lo que ofreció fue reescribir los últimos 30 años de historia neoliberal en México, jugando bajo las reglas, instituciones y mismo tablero que sus adversarios, porque no hay opositores para él, la democracia queda anulada para entrar al juego maniqueo de interpretación metafísica e histórica del bien contra el mal. Otro enroque, respetar el valor de la democracia y la pluralidad o arriesgarlo por el de la eficacia de su proyecto.

La disyuntiva hasta hoy no ha sido muy complicada para él. En su laberinto, ha menospreciado e ignorado a quienes no coinciden al cien por ciento, en cuerpo y alma, con su proyecto, así sean aliados y colaboradores de su misma administración.  Todo un demócrata.

El laberinto que él mismo hizo hoy lo tiene a merced de sus propias palabras, de sus propias promesas, de su propia popularidad. La salida es muy simple: o traiciona al pueblo en el plano de las simbólicas o en el de la eficiencia, arriesgando  a la vez su futuro histórico.

Ser o no ser, he ahí la cuestión. Dilema shakespeariano muy propio del príncipe de Dinamarca. Fallarle o no al pueblo, he ahí la cuestión

Buena fin de semana.

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