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Los jóvenes ya no debemos creer en “echarle ganas” (o sobre desigualdades radicales)

Las pruebas son irrefutables: “echarle ganas” no basta para que el grueso de los mexicanos vivamos una experiencia satisfactoria de movilidad social (cambios que experimentan las personas en su condición socioeconómica).

Diversos estudios e informes publicados recientemente esgriman la poca o nula movilidad social en México; por ejemplo, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) el año pasado publicó su informe El México del 2018: movilidad social para el bienestar, cuyo principal aporte a la discusión sobre las desigualdad es que 7 de cada 10 mexicanos que nacen en los estratos más bajos de la sociedad no logran salir de dicha condición, convirtiendo a la pobreza en un factor casi hereditario, derivado de la falta de piso parejo para el desarrollo de cada sujeto en la sociedad.

Respecto del mismo estudio, llama la atención que los casos considerados de “éxito”representan una minoría muy cerrada del estrato social más bajo de la sociedad: de un 100% de personas que nacen en el estrato más bajo de la sociedad, a penas el 26% de estas personas pueden superar la línea de pobreza y sólo el 3% logran acceder al estrato social más alto.

Ahora, en el informe Movilidad Social en México 2019 publicado por el mismo Instituto, la relación de movilidad educativa es igual de alarmante, sólo el 5% de personas con padres sin estudios logran acceder a la educación universitaria, respecto al 30% que logran concluir únicamente la secundaria, que es el nivel educativo que acumula mayor cantidad de personas de dicho origen. En cuanto a la movilidad de Riqueza, el 47% de las personas que nacen en el estrato social más bajo se quedan allí, respecto al 3% que logra ascender al grupo más alto.

En conclusión, la consecuencia directa de la desigualdad en México es la baja movilidad en cualquiera de los aspectos, demostrando que el esfuerzo y el talento no son determinantes para las condiciones de vida de una persona, como lo profesa el liberalismo radical. La sugerencia de los dos documentos citados es que la propuesta en cuanto a política pública o de gobierno es en torno a generar piso parejo a todos los estratos sociales para que, sin importar el origen del sujeto en cuestión, no haya ninguna otra determinante para su desarrollo personal que no sean sus capacidades y talento.

Recientemente fue nota el informe de Oxfam de este año “Por mi raza hablará la desigualdad”, que relata cómo las condiciones raciales y de origen étnico sí influyen en nuestra manera de desenvolvernos, pues 1 de cada 3 personas que personas que pertenecen al estrato social más alto son de tez blanca, superando hasta dos veces a las personas de tonalidad más oscura. En el tema educativo, hay un estancamiento en cuanto a las personas que hablan lenguas indígenas, pues apenas el 6 por ciento de esta población logra acceder a la educación superior y el 43 por ciento se queda estancado en la instrucción primaria sin concluir.

“Echarle ganas” es un mantra para innecesario y vencido para una sociedad que no ofrece piso parejo para el desarrollo de cada individuo, ya que como lo demuestran los diversos estudios, la movilidad social no permite escalar estratos sociales debido a que importa más tu origen que tú destino, más propia de un mundo medieval en el que era imposible ascender en la sociedad que una sociedad moderna, cuya promesa es que la igualdad de los sujetos en un marco legal permite que cada quién determine su destino, promesa básica por la que firmamos el contrato con la modernidad. La desigualdad, a final de cuentas, condiciona la movilidad social.

Necesitamos cambiar la idea de éxito individual por bienestar colectivo, reformar los valores que nos rigen para armonizar la distribución de la desigualdad en favor de los menor favorecidos como bien lo promulgó John Rawls en su teoría de la justicia.

 

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