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Elogio al Loma Bella

Por la pronta recuperación del cuello de mi mamá,

víctima del transporte público poblano.

 

Soy un usuario cotidiano del transporte público desde hace por lo menos 16 años, cuando mi mamá me empezó a llevar todos los días en camión a la primaria, a partir de ahí el Loma Bella me ayudó a atravesar la ciudad de Puebla en tiempo olímpico sin mayor desavenencia que sus frenéticos y casi extremos recorridos. Por eso mismo, y ante la inminente falla que tendrá en las promesas de mejora al servicio en el tiempo establecido por Miguel Barbosa, el 9 de febrero, hago una breve recuento de este tiempo a manera de elogio.

 

La ruta Loma Bella es mi confidente más fiel, atestiguando mis peores y mejores momentos hasta hoy: mis primeras idas de pinta, mis apresuradas tareas terminadas al cuarto para la hora y mis borracheras vespertinas que debían desvanecerse en el recorrido del Centro Escolar a mi casa. También hace pacto de silencio de mis penas que divagan en el espacio muerto cuando clavo la mirada en el camino; del enamoramiento que se consolida cuando en la ociosidad del regreso la mente busca remembranzas de cada sensación del encuentro, ahí es donde nace la intimidad y el amor para mi; de mis derrotas y festejos cuando mis amigos, hermano y yo atravesábamos la ciudad de norte a sur para jugar al fútbol; de mis risas estruendosas cuando iba de regreso a mi casa en la secundaria, que hoy cuando suben mis relevos de pubertad insoportable, los enjuicio con mi mirada de desaprobación, sin que se inmuten un poco, al igual que probablemente a mí. Castiga las crudas cuando de regreso a mi casa se encapricha y las unidades de la mañana son escasas con sentido a la cuenca norte y su recorrido es violento, premia al trabajador llevándolo a tiempo cuando recoge el pasaje por las mañanas.

 

El Loma Bella y sus decenas de unidades no confesarán mis intimidades, así como yo también les guardo secretos: frenéticos recorridos que van del Paseo de San Francisco a la Preparatoria Alfonso Calderón en 14 minutos, con la fatídica sentencia «el siete te lleva cuatro y le llevas cinco al veinte» como medida exculpatoria con los distinguidos usuarios por su falta de conciencia en cuanto a los límites de velocidad en caminos bacheados. Choferes con antros en la unidad y chalanes que incomodan, operadores que cobran con una mano mientras despachan en la otra una torta de tamal, violenta al ayuno de las 6 de la mañana de cualquier usuario.

 

También el transporte público, particularmente el Loma Bella, han desarrollado ciertas actitudes y valores en sus usuarios: abuelitas y mamás con niños son víctimas del vaivén por su velocidad, ante el silencio cómplice por la eficiencia del tiempo que todos guardamos, la solidaridad nace ahí, mostrando que la condición humana y las buenas costumbres son a prueba de la comodidad. El calor que se encierra en una unidad abarrotada por la tarde podría marear, el ir colgado de un camión lleno es peligroso y trayectos nocturnos por calles oscuras nos hacen presas fáciles de la delincuencia, sin embargo, la resilencia surge y se fortalece ahí, como enseñanza para la vida.

 

Empecé pagando cuatro pesos en el Loma Bella y viajaba con mi mamá, luego pagué seis por largo tiempo, atravesando la primaria, secundaria, preparatoria y gran parte de la vida universitaria, hoy, pagar 8.50 no sólo es inmoral, sino ajeno a la realidad.

 

Fin del Elogio.

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